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Scripts des vidéos

Un escritor cómodo

Daniel Montovani (Estocolmo): Hablaré en castellano.
Dos sensaciones encontradas me invaden al recibir el premio Nobel de literatura. Por un lado, me siento halagado, muy halagado, pero por otro lado, y ésta es la amarga sensación que prevalece en mí, tengo la convicción de que este tipo de reconocimiento unánime tiene que ver directa e inequívocamente con el ocaso de un artista. Este galardón revela que mi obra coincide con los gustos y las necesidades de jurados, especialistas, académicos y reyes. Evidentemente, yo soy el artista más cómodo para Ustedes… y esa comodidad tiene muy poco que ver con el espíritu que debe tener todo hecho artístico.
El artista debe interpelar, debe sacudir, por eso mi pesar por mi canonización terminal como artista. La más persistente de las pasiones, sin embargo, el mero orgullo, me impulsa hipócritamente a agradecerles por haber dictaminado el fin de mi aventura creativa. Pero, por favor, no quiero que con esto, interpreten que los estoy responsabilizando a Ustedes. Nada más lejos, aquí hay un único responsable y ese responsable, soy yo. Muchas gracias.

El hijo de Salas

El diaporama:
“El mundo entero conoce a este hombre, pero muy pocos saben cómo se inició todo, un 5 de febrero de 1954. En la República Argentina, en un pequeño pueblo a 734 km de Buenos Aires, llamado Salas, nacía un niño, de nombre Daniel, llamado a trascender. Siendo un muchacho, Titi, como lo llamaban sus amigos, se arriesgó a todo o nada y partió con lo puesto al Viejo Mundo, para cumplir su sueño: convertirse en escritor.
Libro, libro, fue abriéndose paso para finalmente convertirse en un destacado literato de renombre internacional. ¡Pero aún faltaba más, el punto cúlmine, el premio Nobel de literatura!
Así, nuestro querido Daniel pasó a integrar el parnaso de los grandes maestros de la literatura mundial de todos los tiempos.
Sus obras dieron a conocer la cultura y los personajes de nuestro pueblo en todos los puntos del globo. Pero estos lados sobresalientes no hicieron mella en su personalidad que sigue manteniendo los valores de humildad y respeto inculcados en su niñez, en nuestro querido pueblo.
Su madre, la querida Doña Clara, que partida de este mundo hace ya 40 años y su padre, el recordado Don Víctor que la siguiera al más allá, casi una década después, donde quiera que estén, sin dudas, estarán orgullosos, aplaudiendo de pie, a su único y querido hijo, nuestro hijo: el hijo de Salas.”
Aplausos.

Cacho (el alcalde): Sin llorar Daniel, sin llorar, con alegría.
Yo tuve un sueño, una idea loca que quise hacer realidad. Todos me decían que estaba completamente loco, que era imposible que una figura así, no me iba a llevar el apunte, que esto, que el otro...
¡Pero yo, les quiero demostrar que con tesón, con esfuerzo, con imaginación, a veces los sueños se convierten en realidad!
¡Y entonces, nosotros, gente común, gente de trabajo, lo hemos logrado!
Yo digo: qué orgullo para todos los argentinos, ¿no?
Diego, el Papa, la reina de Holanda, Messi, y ahora vos, Daniel querido...
Aplausos...
Es un honor para mí, hacer entrega de la máxima distinción que otorga la comunidad salense: la medalla de ciudadano ilustre, de la mano de nuestra reina de la belleza.
Y ahora sí, con ustedes: el premio Nobel de literatura y flamante ciudadano ilustre de salas: Daniel Mantovani.
Aplausos...Tiran papel picado.

¡Sigan así!

Daniel: La mejor política cultural es no tener ninguna. Defender a nuestra cultura.
Siempre se considera la cultura como algo débil, como algo frágil, como algo raquítico que necesita ser custodiado, protegido, promovido y subvencionado.
La cultura es indestructible, es capaz de sobrevivir a las peores hecatombes.
Hubo una tribu salvaje en África en cuyo lenguaje no existía la palabra libertad, ¿sabéis por qué? Porque eran libres.
Creo que la palabra cultura sale siempre de la boca de la gente más ignorante, más estúpida y más peligrosa. Yo, personalmente, no la uso nunca.
Señores, éstas no son las obras que habíamos premiado ni siquiera son las obras que habíamos seleccionado y tampoco habíamos elegido ni mucho menos premiado la obra del doctor aquí presente.
El doctor: ¡Cállate apátrida, sorete, invertido!
¡Ven acá cabrón!
¡Mantovani, ciudadano ilustre y la puta que te parió!
¡Vení acá, vení acá!
¡La concha de tu hermana, ciudadano ilustre, te voy a dar!
¡Vení acá si sos hombre!
¡Zurro, traidor de mierda, la puta que te parió!
¡No me toquéis! ¡Vení acá!
Yo te espero fuera, ciudadano ilustre, ¡te voy a dar!
Daniel: Ya me voy pero quiero decir algo más. Confieso que no me cae tan mal tener unos detractores que me repudien con tanta vehemencia y a pesar de la tremenda brutalidad de etas acciones, siento una íntima satisfacción ante una expresión del pueblo en contra de lo instituido o sea yo mismo.
Pero vayamos al punto. Como curtido observador de la comedia humana, siento como una obligación tratar de hacer de este mundo un lugar menos horrible. Sé que es una batalla perdida pero eso no significa que abandone la lucha.
Ustedes sigan así, sigan igual, que aquí nunca cambie nada, sigan siendo una sociedad hipócrita y estúpidamente orgullosa de su ignorancia y de su brutalidad.
Lamento haberles causado tantos trastornos. Sigan con su apacible vida.
Sigan haciendo de Salas este paraíso entrañable.
(Enseña la medalla de “ciudadano ilustre” y la coloca en la mesa) Nada más.
El hombre calvo: No Daniel, salga por la puerta de atrás. Venga, venga.

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